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Una hora de ida, una hora de vuelta – LED

Una hora de ida, una hora de vuelta

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Una hora de ida, una hora de vuelta

¿Qué utilizas para ir al trabajo? Quizás seas de los que usan el transporte público, o de aquellas que se ponen su casco y le dan sin cansarse al pedal. De cualquier manera tienes un punto de partida y un destino. ¿Cómo lidiar con el caótico trayecto?

Te presentamos dos testimonios anónimos de viaje, para que recuerdes que el sentimiento que significa salir de casa a atender tus labores, es el mismo proceso para las personas que estuvieron pedaleando a tu lado.

Y si eres de tomar bus, para aquellas personas que estuvieron de pie a tu lado.

En dos ruedas

Tres alarmas son las que me despiertan gradualmente, una cinco minutos después que la otra, hasta que la última consigue despertarme por completo. Me levanto de cama y luego del ritual matutino, cojo mi bicicleta y emrumbo al bullicio de las 7 de la mañana. El casco ya está asegurado y mis sentidos más atentos que nunca.

ir-en-bici-al-trabajo

Soy de las pocas personas osadas que se sube a dos ruedas y se enfrenta al más caótico de los tránsitos en Latinoamérica, pero me tengo fe y la ruta bien aprendida. Evado personas, puertas abiertas, freno con fuerza, golpeo capós y sin el mínimo reparo, levanto un par de veces el dedo medio.

Obstáculos van y vienen, muchos conductores me gritan y otros más hasta tratan de quitarme del camino “a la mala”. Sin duda es un deporte extremo.

No obstante, al llegar al trabajo veo el reloj, 20 minutos de viaje y a pesar de los problemas, tengo tiempo de sobra para refrescarme y empezar el día con mucha más energía. Contradictorio, pero hay a quien agradecerle por el extra boost de adrenalina. “Gracias, caótica Lima, hasta la hora de salida”.

“Alberto”, 23 años.

Lata de sardinas humana

Trato de terminar antes, de enviar los correos y dejar todo listo para resolverlo ya sea en casa o a primera hora de la mañana. Veo el reloj, las manecillas me recuerdan lo que está por venir. Sigo tecleando con más fuerza, debo ser más rápida, ganarle al reloj.

A unos metros está el paradero y cuadras más atrás, el último bus parcialmente vacío de la tarde. El reloj me ganó y marca las 6:10, ahora solo me queda esperar. Luego de unos interminables 10 minutos, al fin consigo estar frente al vehículo. Me aferro al bolso, separo S/ 1.50 de pasaje, suspiro y subo a empaquetarme en la gigantesca lata de sardinas humana.

bus

De alguna manera consiguo pasar aquel mar de personas y llegar a mitad del bus. En los asientos, una señora lucha por ponerse de pie y dirigirse a una de las puertas. Entonces sucede un silencioso enfrentamiento: el del costado no me ve, está juntando sus fuerzas para ganarme el sitio, sabe que si me mira, tendrá que batallar contigo y sus “principios”. No me importa, no quiero viajar aplastada.

Al fin la señora se pone de pie y consigue abrirse paso. La puerta por la que bajará me favorece. Coloco mi bolso en el asiento y antes de cualquier muestra de caballerosidad o machismo (?), me siento en seguida.

Cojo los audífonos y pienso: “lo peor ya pasó, nada que un poco de música no pueda remediar”. A pesar de ser una lata de sardinas, cumple con su cometido, llevarme del trabajo a casa… y viceversa.

“Laura”, 22 años.

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